Nacimiento de Quique

Me acosté el lunes por la noche después de haber cenado una ensalada ligerita. Llevaba días con algunos dolores por las noches y pensaba que el bebé nacería en cualquier momento. Esa noche me levanté cada media hora aproximadamente para ir al baño, y me extrañaba mucho ver que sólo había pasado media hora desde la vez anterior ¡no identifiqué que fueran contracciones! A partir de las cinco y media o así, ya me levantaba cada quince minutos (siempre me volvía a dormir). Desperté a mi chico a las seis de la mañana y le susurré al oído «sólo para que lo sepas…tengo contracciones…pero son sobrellevables y puedes seguir durmiendo». A las siete menos cuarto de la mañana ya decidí que no podía estar más en la cama…me dolía!!! Así que me levanté y me preparé un descafeinado, no me apetecía tomar nada más. Estuve recogiendo la casa y completando varios álbumes de fotos de mi primer hijo que tenía a medias ¡¡Por fin los terminé!!

Cada vez que me venía una contracción me iba rápidamente al baño pues lo identificaba con ganas de hacer pis. Estaba un poco enfadada conmigo misma porque pensaba que me dolía demasiado y que tenía que aguantar mejor el dolor ¡creía que eran pródromos y que el parto podía tardar mucho en empezar como la vez anterior! ¡Debía ser más fuerte! A las nueve llamé a Jero para decirle que tenía contracciones y que pensaba que el parto sería ese día, pero que no hacía falta que viniera todavía. Mandé un mensaje a mi hermana para decirle lo mismo, que seguramente nacería ese día y que ya la iría avisando. Ella iba a ser quien se ocupara de Fernando, de dos años y nueve meses, mientras yo paría.

Jero me sugirió – por teléfono – que me metiese en la bañera con agua caliente, pues yo le había comentado que me encontraba un poco tensa pues me sorprendía que las contracciones fueran tan seguidas y ¡tan dolorosas! Así que me metí en la bañera. Los dos Fernandos se levantaron en ese momento. «¡Buenos días! ¡Tu hermano va a nacer hoy!!” – le dije con gran emoción – “¡o hermana!»  (aún no sabíamos el sexo).

En la bañera no aguanté mucho…quizá media hora o así…estaba bastante nerviosa por la intensidad de las contracciones y no me podía relajar como en el parto anterior, que fue lento, lento y estuve horas en la bañera.

A las diez volví a llamar a Jero. Esta vez para decirle que viniera ya, que quería que me hiciera un tacto y me dijera de cuánto estaba dilatada, pues yo lo había intentado y no había sido capaz de saberlo y mi hombre andaba liado en el desván buscando la famosa pelota de pilates que yo quería a toda costa… ¡Estaba convencida de que iba a ser de gran ayuda y no podía entender que Fer se la hubiese subido al trastero! (¡¡y eso que en el parto del primero no estuve ni dos minutos sentada sobre ella porque no me gustó nada!!).

Jero no tardó mucho en llegar. Unos veinte minutos que a mí se me hicieron eternos…me recuerdo sola en la habitación (Fer seguía con Nando arriba en el trastero) gritando «¿Dónde estás?? ¿Por qué no has llegado todavía???!». En cuanto llegó vio que había roto aguas, eran claras pero con una sustancia blanca y yo no sabía si eso era normal. Me dijo que sí, que era el vermix, sustancia que recubre al bebé en nuestro útero. También había expulsado ya el tapón mucoso. Le comenté que me sentía cobarde…que incluso había fantaseado con ir al hospital… qué fantástica sería una epidural, ja, ja, ja. Ella me dijo que eso quería decir que ya me faltaba poquito, que por eso pensaba esas cosas. ¡Qué alegría me dieron sus palabras! ¡Qué tranquilidad que hubiera llegado y que me dijera que todo iba bien! Me hizo el tacto y me dijo que había dilatado cuatro centímetros. ¡No era mucho! pensé, pero aún así ella seguía convencida de que iría rápido ya que la oí hablando con Pepa  diciéndole «¡Si vas a venir, ven ya que esto va a ser rápido!».

Mientras tanto yo no paraba de empujar. ¡Es lo que me pedía el cuerpo! No me planteé ir contra mi instinto…mi cuerpo era el que mandaba, no yo. La pelota de pilates ya estaba conmigo. ¡Biennnnnnnnnnnnn! Enseguida encontré la postura…tumbada sobre la pelota boca arriba…esa postura me resultaba ideal para empujar y me masajeaba la zona de las lumbares que tanto me dolían. Jero me acompañaba todo el rato. En los descansos entre contracción y contracción la oía respirar alto (respiración nasal, inspira, expira, y con un sonido súper agradable, como de estar muy a gusto) y enseguida me unía a su respiración y me relajaba. La verdad es que tenerla al lado era una maravilla, pues sabía dónde colocar su mano para calmarme y estaba en silencio todo el tiempo.  Fernando y el niño jugaban en la otra habitación. Yo había pedido que no estuviera pues había intentado mamar un par de veces aumentando mi dolor y además me preguntaba «¿qué te pasa mamá? ¿Te duele?» y yo le decía “muy poquito hijo”.

A la media hora o cuarenta minutos de estar así, llegó Pepa, mi otra comadrona del alma. Yo me notaba la boca seca y comenté que quizá me podría meter en la bañera a ver si me relajaba y seguía dilatando. Me tomé un hielito de zumo de naranja que había congelado unos días antes y que alguien muy acertadamente había colocado al lado de la bañera ¡qué gusto, qué bien me supo! Ya no salí de la bañera más. Allí estuve poniendo en práctica todos los movimientos de la preparación al parto (de pie haciendo círculos con la pelvis, a cuatro patas como si fuera un gato, asimétricas) y todo lo que se me iba ocurriendo sobre la marcha. ¡Hasta me colgué de un toallero como una loca cuando me vino una contracción, arrancándolo de cuajo de la pared! ¡Ja, ja, ja, ja! Menos mal que no me pasó nada!! A Pepa la calé enterita y casi le da un soponcio del susto.

Finalmente llegó el momento del expulsivo. Mis dos hombres vinieron corriendo para no perdérselo alertados por Jero o Pepa. Ahhhhhhhh, ya siento la cabecita asomando por entre mis piernas. Grito «¡¡¡¡¡Pepaaaaaa, dime que está todo bien!!!!!» «Sí, sí» me contesta. Otra contracción y grito “¡¡¡miedoooo!!!”. Todo es en plan surrealista. El pobre Nando me mira con la boca abierta mientras sujeta un palito con el que estaba jugando, y en ese momento sale el resto de la cabeza. «¡¡¡Es mi hijo!!!» grito. Es un momento lleno de emoción, de intensidad, de amor…el resto del cuerpecito sale y yo canto. Canto porque estoy contenta, canto porque por fin puedo ver a mi niño y soy feliz. Es un chico y se llama Enrique. Son las 12.05h. Pepa le cede a Fer los honores, y es él el que le recibe en sus brazos, lo coge y me lo da. Yo estoy de pie, como durante todo el expulsivo. Dentro de la bañera, pero de pie. Y lo cojo entre mis brazos, tan escurridizo, tan mojadito, lleno de sangre. Con la carita congestionada, de haber tenido que pasar por el canal del parto. Los ojos cerrados. Enseguida le tapan para que no se enfríe y me voy con él a la cama. Mi niño mayor ha visto nacer a su hermano y también está feliz. Se tumba conmigo en la cama y me besa. Enrique se pone a mamar enseguida…la placenta no tarda en salir. Entre el padre y el pequeñajo cortan el cordón umbilical. ¡Ya somos cuatro en casa! ¡Cinco contando a la gata, que también está por aquí!

Gracias Jero y Pepa por venir y acompañarme durante este nacimiento.

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