Nacimiento de Cecilia

Me levanté temprano el 1 de diciembre. Sabía que ese día nacerías. La noche había sido movidita, con dolores que me despertaban de cuando en cuando. Los describiría como dolor de regla, muy parecido a los que había estado sintiendo los días anteriores en los que la tripa se me ponía dura, dura, durante un rato, pero con la diferencia de que esa noche me despertaron muchas veces y yo me levantaba para ir a hacer pis cada vez.

Desayuné ligerito. Ese día tomé una infusión en lugar de café y a las 7:30 aproximadamente fui a decirle a Gabi que cancelara lo que tuviera en su agenda, que probablemente las contracciones irían subiendo de intensidad y su hija nacería ese día. Me preguntó varias veces si estaba segura… no quería cancelar una cita que tenía a las 10:30 en Collado Villalba. Yo le dije que no sabía, que yo creía que sí y que no le esperaría para parir, que si se iba, igual se lo perdería, jajaja. Finalmente se fue. Yo me quedé en casa, no me apetecía salir. Me quedé con Coque mientras su cuidadora cocinaba, recogía, tendía la ropa, etcétera. Fueron horas muy agradables. Recuerdo la compañía de Coque como muy placentera. Estaba muy tranquilo, jugando conmigo, me daba besos, caricias, me acompañaba con mucho cariño y me ayudaba con lo que yo hacía: ver fotos, limpiar los muebles de la terraza, la ventana. Era un día súper agradable. Hacía sol y su calor nos acompañaba mientras jugábamos arriba, en la terraza, al aire libre. Los rayos del sol acariciaban mi espalda, mis brazos, mi cuerpo, mientras yo pasaba un trapo por los muebles de la terraza, por los juguetes, avanzando con cada contracción, cada pródromo. Las posturas que elegía no eran casuales, eran una especie de yoga pero con actividad… espalda recta y estirada, culo en pompa, así liberaba mi suelo pélvico de la presión de la cabecita de Cecilia.

En un momento dado decidí volver dentro de casa. Coque y yo dejamos de jugar con el agua, con los trapos y el jabón, y volvimos al interior. Recuerdo que empecé a ir mucho al baño. Por un lado porque tenía una sensación de hacer pis con cada contracción y me sentaba en el váter y, por otro lado, porque allí me refugiaba de los demás. Necesitaba intimidad. Serían las 12 o 12:30 cuando Gabi volvió. Al verme, sorprendido, me dijo: «qué poco de parto te veo». En su interior, mientras conducía de vuelta a casa, se había imaginado que me encontraría dando alaridos y me encontró todavía muy tranquila, disfrutando de cada contracción, del sol que entraba por la ventana, del calorcito, de Coque. Verdaderamente no tenía miedo y recuerdo gozar durante toda la mañana, con la felicidad de saber que pronto ibas a nacer. ¡Tan larga fue la espera! Todo el mes de noviembre convencida de que ibas a nacer en cualquier momento. Pero no. Tú elegiste diciembre.

Esa mañana hablé con mi madre, preocupada porque al día siguiente martes tenía un concierto y no se podía quedar con los niños para que fuéramos a preparación al parto. «No te preocupes mamá. Si yo mañana no pensaba ir. No me interesa el tema de mañana». Jajajaja, mentirosilla de mi, no le dije que ya tenía contracciones.

Conteste algún email con el móvil, algún WhatsApp «Susi, no vengas a comer hoy. Tengo algunos dolores, no se lo digas a nadie por fi. Prefiero que no vengas».

Después ya empecé a acompañar las contracciones con sonido. ¡Qué gusto! ¡Qué relajación! En el baño, con la puerta cerrada. En mi cuarto, sola, movimientos pélvicos, cadera a un lado, cadera al otro… Brazos estirados, brazos apoyados, en el lavabo, en la bañera, en la cama. Me reclino. Me inclino. Apoyo la cabeza en mis brazos. Mi posición ya no es tan vertical. Me bamboleo. Soy feliz. Entre contracción y contracción a veces hablo con Gabriel. Salgo del baño, hablo de logística. Llamo a Pepa. Bueno la llamé antes, me olvidé de decirlo. La llamé desde el baño. Le dije que tenía contracciones cada 10 minutos y que no sabía si seguiría avanzando el parto. Las comadronas nos habían contado que nunca se sabía con el tercero, que a veces empezaba el parto y luego se estancaba incluso durante días. Esto había sido corroborado por la mujer de mi primo, que me contó que tuvo contracciones muy dolorosas un día y que no había nacido su criatura hasta una semana más tarde. A Alicia, la comadrona, le había pasado igual. Total que quedamos en hablar más tarde. Esto debió ser a las 13.00h aproximadamente.

Coque y María, su cuidadora, salieron de casa a las 14:45h más o menos, después de que Coque hubiera comido, para ver si dormía en la silla. Yo no comí nada. Le dije a Gabi que llamara ya a Pepa. Yo pensaba que era un buen momento, pero él insistió en que era demasiado pronto. Me cogió del brazo, me miró a los ojos y me dijo «Yo creo que no, Eli, es demasiado pronto, a ver si te va a pasar como en el parto de Diego, que llamaste demasiado pronto». Jajaja, no podía ni tan siquiera imaginar que su hija nacería en menos de 2 horas. Yo pensé que igual tenía razón, qué sabía yo…

A las 15.00h volvió Coque ya dormido y Gabi le dijo a María que volviera a las 18.00h para cuidar de los niños mientras yo siguiera de parto. Creo que él seguía pensando que yo estaba muy tranquila y que eso no podía ser un parto inminente.

Recuerdo una contracción fuerte en la que Gabi me abrazó y yo me colgué de él, Gabi estaba con la idea de salir conmigo a comprar no sé qué, pero a mí no me apetecía nada ¿pero no veía que estaba de parto? ¿y si me venía una contracción que me diera ganas de doblarme a cuatro patas en medio de la calle? No, no. No me seducía nada el plan.

Lo que sí me sedujo fue tener a Coque dormido en su silla, en la otra habitación. Pensé que todo estaba saliendo a pedir de boca. Gabi me preparó un baño de agua caliente. No sé qué pensaba yo en esos momentos, no sé si volví a decirle que llamara a Pepa… ya no recuerdo…

En la bañera las contracciones me parecieron muy intensas, a cuatro patas, meciéndome. Incluso recuerdo meter la cabeza entera bajo el agua. Gabi me echaba agua caliente con un cubito por la espalda. Él entraba y salía. Se fue a comer a la cocina.

Sentí algo en mi interior que me hizo meter mis dedos en la vagina, era parte del tapón mucoso.

De pronto Gabi llegó cambiado de ropa. Me dijo que se iba a recoger a Diego al cole. ¿Me vas a dejar sola? ¿SOLA? Salí de la bañera. ¡No quería quedarme allí si él se iba! ¡Pero llama a las comadronas por fa! Ya no daba tiempo a llamar. Me iba a quedar sola sí o sí porque, me explicó él, «aunque llame ya no les va a dar tiempo a llegar antes de que yo vuelva».

Así que allí me quedé, pensando que quizá la niña nacería y no habría nadie más que yo para recibirla. Me hice caca. Me asustaba la idea. A cuatro patas, en el suelo, al lado de la cama, al apretar con la contracción salió algo de caca, y yo me obsesioné por limpiarlo bien, no fuera a ser que llegaran las comadronas y estuviera la caca en el suelo.

Las contracciones habían cambiado. Ya sentía una necesidad imperiosa de empujar. Eran las 4. Gabi no estaba, se había ido en bici a por el niño que salía del cole. Entre contracción y contracción recordaba lo que había aprendido durante la preparación al parto y durante mis otros partos claro. «Abrir, abrir, dejar salir» repetía yo como un mantra mientras me mecía de lado a lado. Con cada nueva contracción buscaba una nueva postura a cuatro patas, con las piernas asimétricas, apoyada en la cama, en la pelota de pilates, en el váter. Me tiré al suelo del baño y me hice un tacto. La cabecita ya estaba muy cerca. Pude tocarla con mis dedos. Sentí el pelo húmedo, la bolsa todavía intacta. «Ya está aquí» grité en mi soledad, «es maravilloso!!». Tenía una mezcla de super felicidad y de miedo, de incredulidad. Con la siguiente contracción, «PAAAAAAAAA!!!!!!», noté romperse la bolsa y el líquido amniótico salió disparado. «¡¡Qué pena!!!» pensé, había fantaseado durante días con parir con la bolsa entera. Me fastidió. Recuerdo siempre el relato de una mamá de su parto. Su hija había nacido con la bolsa sin romperse y ella lo había contado como algo placentero.

En estas llegaron Diego y Gabi. «Hola!!» gritaron desde la entrada. Diego entró en mi habitación y se paró en seco en la puerta del baño. « Hola mamá » «mamáaaaa, qué haces????» dijo en un tono muy sorprendido. «Aquí hijo…pariendo», acerté a decir. Se le iluminó la cara. Él también lleva días deseando que llegara este momento.

Noté que venía otra contracción, eran muy intensas y muy seguidas. «Hala, hala, id a la cocina». «Gabi dales un plátano de merienda». Coque también estaba por ahí…se había despertado. Les eché de la habitación y cerré la puerta. Al poco entró de nuevo Gabi para decirme que no quería verme pasarlo mal porque saliera algo de caca y que él pensaba que había que poner un enema. Yo le dije que no y él que sí. En fin, la historia de nuestra vida. «Que sí, que sí, de verdad, que yo creo que te hace falta y luego vas a estar mejor». Y yo «que no, que no de verdad, que no pasa nada porque haya caca». «Que sí. Voy a llamar a Pepa, a ver qué es lo que hay que echarle dentro la perita». «¡¡¡¡Qué bien!!!» pensé, «por fin!». «Sí, sí, llámala» le dije.

Le oí hablando con Pepa cómo desde la lejanía. Solo me enteré de que iba a venir y eso me alegró sobremanera. En cuanto colgó, le dije que pusiera toallas a calentar en los radiadores y me miró con ojos enormes: «Qué , qué????» me dijo. «Que pongas toallas en los radiadores». «Toallas en los radiadores, toallas en los radiadores» repetía él. No daba crédito. Creo que ahí es donde realmente se dio cuenta de que ya faltaba poco para el nacimiento.

Me metí en la bañera. Otra contracción… Mi bebé, mi niña preciada ya estaba cerca. Y las comadronas ya venían! qué felicidad! … De pronto sentí la cabeza asomando por mi vagina. «Pepa dónde estás???» grité. Gabi la llamó por teléfono tan solo para confirmar que salía ya, que no le daba tiempo a llegar. Lo repetí una segunda vez «Pepa! dónde estás????» y la cabeza volvió a meterse para adentro. Eso me dejó muy confundida. “¡Se ha metido para dentro!”. Pero de nuevo se acercaba la siguiente contracción. Gabi me dijo «tranquila, tranquila» y me pareció una buena idea. Decidí meterme de nuevo en el agua, pensé que igual pariría más relajada dentro del agua. Tenía mis manos apoyadas en la vulva y el culo porque me daba miedo rasgarme, tal era la fuerza con la que salía la cabeza que de alguna manera quería controlarlo. En la siguiente contracción Gabi me agarro de las axilas por detrás y tiró de mí hacia arriba. Me sacó del agua. En ese momento no lo entendí. Pensé que Pepa se lo había dicho por teléfono, que me sacara del agua. Luego supe que no fue así. Simplemente lo hizo porque quería ver qué estaba sucediendo y en la postura en la que yo estaba no podía. Estaba medio sentada en el borde de la bañera, medio en cuclillas, con las piernas asimétricas.

Vi la cabecita de mi niña, cómo iba asomando poco a poco, y sentí cómo salía enterita ella. Todo su cuerpo resbaladizo saliendo rápidamente de mí. La cogí con mis propias manos. ¡Qué gozo tan intenso! ¡Qué alegría tan indescriptible! Por fin estaba en mis brazos, por fin la tenía conmigo después de 9 largos meses. La puse a la altura de mis ojos y vi que tenía una vuelta de cordón. Se la quité con la mano derecha mientras la sujetaba con la izquierda. Jajajajajaja ¡son dos vueltas! Quité la segunda. Su carita estaba morada. Lo normal después de un parto. Ay mi niña, mi vida, mi amor. La besé y abracé. La acaricié. La puse encima de mi pecho con mi respiración jadeante por el esfuerzo y entonces empezó a llorar. Gabi cogió el teléfono. Había dejado el teléfono encima de la tapa del váter todo el rato descolgado. Le dijo a Pepa que estaba todo bien y colgó.

Yo me incorporé al oír llorar a Cecilia y le pedí a Gabi las toallas calientes para envolverla. Diego y Coque entraron a ver a su hermana.

Cris y Pepa llegaron enseguida. Su entrada la recuerdo simultanea al alumbramiento de la placenta. Gracias chicas por vuestra ayuda, cariño y dedicación. Sin vosotras, este parto tan bonito no habría sido posible. Os quiero!

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