Historia del parto de Celeste

Si no dejas que te duela muchísimo, no pares. Mi madre.

No se pare con dolor, se pare el dolor.  Julia Kristeva.

Nuestra hija nació en la calle Sombrerete nº9 de Madrid, el lunes 2 de julio del año 2007, a las 21:55 y pesó 3 kilos 750 gramos.

El parto fue muy largo. Desde que, bajo la luna llena, comenzaron las contracciones (cada 30-40 minutos), hasta que nació, pasaron 42 horas.

Me costó mucho aceptar el, cada vez más intenso, dolor de las contracciones como un dolor necesario para el alumbramiento.

Tras 30 horas de contracciones y con la luz del día, se detuvo por primera vez “el trabajo del parto”. Jero, la joven comadrona, me tranquilizó y me recomendó descansar un poco al lado de Miguel que dormía profundamente a pesar de mis lamentos y de mis idas y venidas. Al cabo de un rato las contracciones volvieron y rompí aguas.

El parto volvió a detenerse repentinamente después de 7 horas. Sobre un inmenso fondo de incertidumbre mi única certeza era que “el proceso” no iba a volver a ponerse en marcha de forma “natural”. Les pedí a Miguel y a Jero que me dejasen sola para no alarmarles innecesariamente pero los minutos iban pasando sin que yo tuviese la más mínima contracción. Traté de dejar de pensar para favorecer que aflorase alguna idea sobre cómo acortar la distancia, que me parecía insalvable, entre la mente y el cuerpo. Y, de manera contraria a mi voluntad, sólo me venían a la mente imágenes de mi madre.

Dadas las circunstancias, opté por no resistirme y salí a la terraza a informar a Miguel y a Jero de “mi problema” y de “mi solución”: necesitaba urgentemente a mi madre. Mientras Miguel me acercaba el teléfono para que la llamase, este sonó. Era ella, angustiada porque no me ponía de parto. “Pero es que ya estoy de parto – le dije – y necesito que vengas”. “Como un cohete”, me respondió y, al poco tiempo, llamaba a la puerta. A mí las contracciones ya me habían vuelto.

Lo que hizo mi madre fue abalanzarse sobre mí. Me masajeó todo el cuerpo, con mucha fuerza. Me hizo levantarme (estaba sentada al borde de la cama) y bailar a un ritmo yo diría que frenético. También me abrazaba y rodábamos por la cama. Me daba la risa con las agudas punzadas de dolor. Mi madre insistía en que me tenía que doler, que sino no iba a parir y, mientras me hacía dar unas vueltas rockanrolleras (no en vano había estado en el concierto de los Rolling un par de días antes), repetía con gracia: “¿qué?, ¿a que ahora te caigo mejor?”. En una hora llegué a dilatar 3 centímetros, cuando mi velocidad de crucero había sido de 1cm x hora. Llegué hasta 8 cm de dilatación.

Con la llegada de mi madre también se produjo el relevo de comadrona. Llegó Pepa y se marchó Jero.

Al cabo de un par de horas yo ya no podía más. Estaba exhausta y llevaba más de 40 horas sin dormir. El dolor de espalda, especialmente de riñones, ya era prácticamente insoportable. Pepa me examinó y comprobó que, durante el último par de horas no sólo no había dilatado ni un milímetro más sino que además el bebé se había “atravesado”. Mientras estaba otra vez sentada al borde de la cama y se me cortaba el parto de cuajo ¡por tercera vez!, pude comprobar las caras de horror de Miguel y de mi madre que estaban parados en el umbral de la puerta del dormitorio, como ya se me habían aparecido en una pesadilla durante el embarazo.

En ese momento de congelación temporal, Pepa, sentada a mi lado y muy seria, me dijo que había llegado “la hora de la verdad”, es decir, que o comenzaba la fase de “expulsar” al bebé de mi cuerpo o nos teníamos que ir al hospital. De pronto me di cuenta de que Pepa tenía razón y el hospital se me apareció, por primera vez, y para mi sorpresa, como “una solución”.  Pero, como mi mayor y más profundo deseo era parir en paz (para poder reconciliarme con mi madre quien, en un sueño, ya me había traído, agarrada de su mano, a un niña) y también evitar, a toda costa, caer en las manos acuchilladas de los médicos, no dejaba de repetir: “pero es que el hospital no es mi solución, el hospital no es mi solución”.

Entonces le pedí a Pepa que me contara qué es lo que tenía que pasar a continuación porque “quizás así se me pasa el miedo que tengo”. Y, entonces, Pepa me contó que lo que tenía que pasar es que tenía que decidir “tirarme en plancha al dolor”, que tenía que decidir “dejarme llevar por un dolor salvaje”, por un dolor mucho mayor del que había sentido hasta ese momento, aunque de diferente tipo (ya no tendría por qué dolerme la espalda, por ejemplo).

Me sugirió que me fuese a “la caverna primitiva”, es decir, al cuarto de baño para “resolver el problema”. “Tómate el tiempo que quieras – me dijo – pero tienes que salir de ahí con una solución. Sino nos tenemos que ir al hospital ¿te das cuenta, no?”.

Entro en el cuarto de baño sin contracciones, pero con una taquicardia brutal. Me meto en la bañera y trato de tranquilizarme. Pero mi cabeza da vueltas: tengo que hacer lo que sea para no acabar en el hospital … quizás me estoy empeñando en algo que es imposible porque ya han pasado muchas cosas y estoy agotada … pero si voy al hospital seré, como poco, carne de cesárea … pero el bebé ya no está bien colocado … quizás el próximo bebé … etc.

Menos mal que, al darme cuenta de que estoy en la bañera como había estado en un sueño que había tenido la noche del lunes anterior, consigo relajarme un poco. Pisar terreno inconsciente conocido, encontrarme en un sueño hecho realidad, también me da fuerzas para hacer un último esfuerzo mental: para superar el miedo a lo desconocido (que a fin de cuentas es miedo a la muerte), ¿no tendré que acompañar el futuro “dolor salvaje” con el ya conocido placer primitivo?; para no tener miedo a partirme en dos y dejar salir al mundo a la nueva vida que llevo dentro, ¿no tendré que ‘revivir’ el gozoso acto sexual con el padre que le dio origen?.

Pues así, sustituyendo el dolor causado por la maldición divina por un orgasmo extraído del pozo de la eternidad, fue cómo nació Celeste, “aquella que cayó del cielo”.

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