Cristina. Comadrona

Llevo mucho tiempo con estos pensamientos en mi cabeza…y nunca encontraba el momento de escribirlos…       

No es que ahora me apetezca más hacerlo…más bien lo necesito.

Me formé y trabajé como una verdadera enfermera vocacional…pero pronto supe que necesitaba más…Más contacto, más intimidad con las personas, más trabajar con las manos pero también con la palabra, la mirada y el corazón.

Así, perseguí de forma desesperada convertirme en matrona. Me apasionó aún más de lo que creía. Era un regalo aprender algo así…ayudar a recibir una vida…

Desde el principio vi cual era la forma de trabajar que me gustaba. Hacía lo imposible por ponerme las guardias con las matronas más tranquilas, más pacientes y respetuosas con el proceso de parto y con las mujeres. Normalmente los resultados eran mucho mejores. Las mujeres casi siempre conseguían parir de forma normal antes o después y lo más importante, felices y con su hijo sano.

Y también vi el lado opuesto. Lo irritante y lo nerviosa que me ponían las prisas, las técnicas de “porque sí” haciendo a veces daño a mamás y bebés…

 Cuando comencé a trabajar…más o menos sabía lo que me esperaba…Conocía el hospital  (mis 4 años de enfermera y es mi hospital de referencia)…pero me dolieron las cosas igual.

No todo ha sido malo. He asistido partos muy bonitos y he disfrutado. He tenido compañeras matronas que se han convertido en amigas, que son verdaderas heroínas allí. Pero yo que creía que por fin tenía el “trabajo de mi vida”…me frustré. La mayoría de los días he trabajado con la sensación de ser vigilada, juzgada…y con miedo de que alguien perturbara ese proceso que yo estaba viviendo con las mujeres. Ese miedo muchas veces, demasiadas, se hacía realidad. Las malditas prisas y la conveniencia.

Ahora, después de un curso específico sobre el tema del parto traumático, estoy casi segura de que yo tengo ese síndrome. He visto y he participado en partos que me han dejado huella, que me han hecho daño…

Y cómo olvidar???

A veces pienso que doy demasiado o que empatizo mucho. Y claro, esto es bueno y es malo. Bueno, porque con un parto tranquilo y respetado, tengo una euforia que me dura días…pero con el parto contrario…eso queda siempre…

Sabía que había otra manera de trabajar y por eso empecé en Génesis, un grupo de matronas valientes para mujeres igual de valientes.

Alicia y su sabiduría, humidad y serenidad. Cris y su tremenda y contagiosa energía. Pepa y su gran capacidad de “estar siempre ahí”. Jero y su enorme capacidad de escucha. Belén y su alegría, conocimientos y emotividad. Beatriz…y la gran conexión que siento con ella desde el primer día que la conocí…

Me gustaban mucho las clases: conectar el cuerpo y alma de mamá y bebé…y sobretodo el hecho de dar información veraz sobre el embarazo, parto, puerperio y crianza.  Por fin percibía la palabra autonomía.

A los meses les pedí acompañarlas a alguno de los partos que asisten en casa.

El primero fue “parto sorpresa”. Cuando llegamos Pepa y yo llegamos, la mamá daba de mamar a su niña en la cama. Era la cuarta y se ve, que mamá y bebé sabían perfectamente lo que tenían que hacer…Ellas dos eran las únicas imprescindibles y me gustó la sensación de sentirme una mera espectadora y pensar: “todo está bien”

Con Ana pude vivirlo más. La conocí desde la mitad de su embarazo…La veía cada martes, y conocí su casa, su pareja y su otro niño antes del 3 de Junio.

Dicho día me llamó Pepa por la noche. Era un sábado, pero yo no tenía planes…Estaba emocionada…

Subimos las escaleras de la casa con mucho silencio. Ana estaba en su habitación, a cuatro patas en un colchón al lado de su cama y con sólo la luz tenue del baño. Se movía y gemía pero muy bajito. Nunca olvidaré esa mirada cómplice con Pepa que decía “qué buena pinta tiene esto”.

Le gustó vernos…O al menos su cara reflejó ese sentimiento. Me sorprendió su calma. No tenía miedo ni agobio…Paría con verdadera libertad. Pepa la exploró bajo su consentimiento y ¡ya estaba en dilatación completa! Quedaba que Manuel bajara por la pelvis…y se acoplara milimétricamente a los huesos de su madre.

Bajamos a preparar el instrumental. El papá tenía nervios contenidos, y el otro niño, dormía…

Ana nos llamó. Había roto la bolsa y sus ganas de empujar aumentaban. De vez en cuando se llevaba trocitos de hielo picado a la boca, como de forma desesperada.

Los tres nos pusimos tras ella. Esos momentos ahí, sólo esperando, no se me olvidarán nunca. Gemía suave, y movía su cadera. Pepa me dio unos guantes y yo ya si que no pude ser más feliz, sería yo quien recibiría a Manuel.

Qué bonito pero que difícil es esperar sin casi decir o hacer nada. Ana solo dijo una vez “no puedo”, “no sale” y Pepa la aconsejó mover un poco una pierna adelante. Fue milagroso. La cabecita de Manuel empezó a asomar…su pelito moreno descendía para volver a subir. Hasta que se quedo ahí, y lentamente salió. Limpié un poquito su cara y ahí se quedo un par de minutos, hasta que la siguiente contracción hizo que girara y desprendiera uno de sus hombros y luego el otro. Le cogí por la cintura y le puse en el colchón. Ana hábilmente se dio la vuelta y le cogió despacio. Manuel apenas lloró y enseguida se puso de color rosita.

Ayudamos los tres a colocarlos en su cama, bien calentitos y ahí les dejamos Pepa y yo un rato. Qué momento tan emocionante e irrepetible.

El papá al ratito bajó a ayudarnos e hicimos juntos un batido a Ana. En ese momento se levanto su otro niño,…y claro, quedó alucinado de lo que había pasado. Se metió en la cama con su madre y su nuevo hermano y yo desde abajo les oía encantada como hablaban y reían.

Ana nos llamó porque notaba presión. Era la placenta, que salió enterita. Sangró muy poquito. Tuvo un desgarro que Pepa cosió luego, después de que ella se diera una ducha (qué gusto, pensé, en su ducha, con su gel, su crema…)

Manuel pesó ¡4200kg! Y mamaba como si ya lo hubiera hecho más veces…

Nos quedamos dos horas acompañándoles, estando ahí para lo que necesitaran, que por suerte, era más bien poco.

Me fui a casa, como es lógico, con una sensación buenísima. Una alegría inmensa. Eran las 6:30 de la mañana cuando me metí en la cama y tardé un buen rato en dormirme…

Siempre fui cauta a la hora de acompañar en los partos en casa.

No sabía si me sentiría cómoda sobre todo con la responsabilidad que conlleva. Pero no, eso no me importó ni me importa. Está claro que es muy diferente a trabajar con todo un equipo hospitalario en el que se reparten responsabilidades pero…también es mucho más satisfactorio y bonito estar en el momento más especial de la vida de una pareja y ahí, en su casa, donde ese niño quizá fue concebido y donde seguro empieza a hablar, comer, reír…

Reconozco que lo que me agobió fue el tema de la DISPONIBILIDAD. Aunque se trabaje en equipo, hay que estar ahí. Atenta del móvil. Sabiendo a que hora te acuestas pero no si te levantarás en medio de la noche y/o tendrás que ir a una casa a 30 o 40 kilómetro de la tuya. Eso es duro. Irrumpe en tu vida y es una verdadera vocación, dejar todo, por atender ese parto. Casi inviable para una persona como yo, a la que le encanta tener todo planificado y pensado…Hay veces que me he maldecido por ser así…Por querer hacer esto y yo misma ponerme los obstáculos… pero bueno…he pasado unos meses de aceptarme y comprenderme y he de decir, que hoy por hoy, con cierta pena, pero vivo mejor así.

Quizá en un futuro, lejano o cercano, encuentre el momento de volver a ello…o quizá no…

Pero ahora sé que nacer en casa, como dijo una gran matrona, Alicia, no es una manera, ES LA MANERA DE NACER.

 Cristina Ráez Martín

 

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